jueves, 20 de diciembre de 2007

Retratos

Para realizar esta práctica fotografié a mi hermano pequeño, Guillermo, que trató con mucho esfuerzo de reflejar en su cara los distintos sentimientos que yo le pedía.
Guillermo es un niño de 11 años muy alegre, por lo que fue realmente dificil conseguir una expresión triste en su rostro... le gusta mucho reir, hablar, contarnos anécdotas que le suceden en clase con sus compañeros...
es muy aficionado a los deportes: practica el fútbol en todos los ratos libres con sus compañeros en el recreo. el tenis también es uno de sus entretenimientos, sobre todo en verano. pero a sus 10 años descubrió que lo suyo era el baloncesto y ahora forma parte de un equipo local en el que se encuentra muy agusto.
para realizar estas tres fotografías coloqué a mi hermano apoyado en una puerta de mi casa. La luz cenital no me daba buen resultado pues la habitación es bastante oscura por sí sola y la luz es muy fuerte y muy baja. por ello decidí colocar un par de focos (flexos) a los lados y con el flash de la propia cámara logré el resultado deseado.


Guillermo con expresión triste

Guillermo indiferente


Guillermo sonriendo
Para las fotografías de un trabajador de la universidad escogía una buena amiga mía, María, ya que mi asesora, Marta Torregrosa, se encuentra de baja gracias a que acaba de dar a luz a su pequeño, Carlos.
María es una chica joven de San Sebastián que estudió secretariado en ISSA. Actualmente trabaja en un bonito despacho con una compañera en la secretaría del edificio central del campus de Pamplona de la Universidad de Navarra.
María tiene un gran sentido del humor; es simpáctica y muy agradable, siempre dispuesta a ayudar con una sonrisa en la boca.
Para sus fotografías utilicé simplemente la luz natural que se introduce por el gran ventanal del despacho que aporta al cuarto una sensción cálida y hogareña.


















jueves, 22 de noviembre de 2007

Rincones de Pamplona


















Cuando una persona llega a Pamplona en otoño lo primero que siente es frío, un frío helador que se introduce por la nariz y llega casi hasta el estómago. El viento suele ser fuerte en ciertos momentos del día y la noche llega antes de lo esperado.

La semana pasada cogí mi cámara y decidí darme una vuelta larga por Pamplona. Uno de esos paseos que se hacen a solas, sin distracciones, para conocer rincones. "hoy voy a conocer la ciudad donde vivo". Y así fue. A las 11:00 de la mañana salí de casa bien abrigada y con cámara en mano. Mis piernas me llevaban directa, como no, a la nueva estación de autobuses, con su diseño actualizado, su amplitud subterránea, sus tiendas y pantallas... con su modernidad. Tras fotografiar algunos detalles decidí entonces acudir a la antigua estación de autobuses. !qué diferencia! No me refiero en comparación a la nueva (que también), sino a lo que era cuando aún estaba abierta... hace tan solo tres días; y parece que ha pasado un siglo. Silencio, vacío... hasta los colores de las paredes y de los bancos hacen que parezca que la estación lleva cerrada toda una vida.

Más tarde me dirijo a la parte vieja y recorro esas calles estrechas donde los comerciantes exponen sus artículos con esmero y orgullo. Y llego hasta la catedral, la plaza San José, el Caballo Blanco... y cada uno de los rincones es especial; comienzo a conocer la cuidad y antes de darme cuenta me encuentro en el Archivo de Navarra. Se trata de un alto edificio perfectamente diseñado en el que las rectas y las curvas se mezclan con una elegancia rodeada de antiguos edificios de la parte vieja.

Cuando decido volver hacia mi casa tras haber saciado mi apetito, pues son ya las 15:00, paso por muchos otros lugares que me han descubierto realmente lo que es esta ciudad, mezcla de naturaleza, diseño, edificación y gente. Realmente, una ciudad digna de ser fotografiada.

Los rincones más especiales de Pamplona son lugares escondidos donde pueden descubrirse emociones nuevas... porque existen lugares en esta ciudad que no conocíamos y aprendemos a mirar de forma especial. Darse un paseo por esta ciudad es descubrir su gente, su ambiente, sus rincones escondidos que nos enseñan nuevas sensaciones.

Son días de otoño en Pamplona en los que el frío acecha y el viento es fuerte. No obstante sus estatuas, sus murallas, sus iglesias... todo sigue estático mientras nos muestra sus años de historia y de cultura pamplonica.



miércoles, 7 de noviembre de 2007

Ilustrar un artículo


Texto de Asier Barandiarán

El 10 de junio de 1973 se celebró en Oiartzun (Guipúzcoa) un homenaje a un bertsolari. A este acto fue invitado Xalbador, el pastor de Urepel (Baja Navarra). Cuando le tocó su turno, se acercó con solemnidad al micrófono. Su figura mostraba a un hombre sereno y rebosante de confianza. Don Juan Mari Lekuona fue el encargado de comunicarle el tema sobre el que debía cantar de un modo improvisado: “Xalbador, éste es tu tema, las manos de la abuela, “amatxiren eskuak”. Tras unos segundos de concentración empezó a cantar con una melodía suave y nostálgica:



Aizu, amona, aspaldian zu etorri zinen mundura,ta zure baitan ibili duzu zonbait-zonbait arrangura;nik ikustean begi xorrotxez zuk duzun esku zimurra,laster mundutik joanen zarela etorzen zeraut beldurra.



Escucha abuela,hace ya mucho tiempo que viniste al mundo,y en tu interior has pasado muchas preocupaciones.Al contemplar con mi fina mirada esas queridas manos arrugadas,me viene un temor de que pronto tendrás que dejar este mundo.





Los oyentes no esperaban esta salida. Mirando a Xalbador podrían asegurar que no es un ejercicio de erudición y rima el de éste buen pastor. En su cara parecía vislumbrarse una añoranza de esa “amatxi”. Xalbador, sin cambiar el gesto grave y profundo de su rostro, canta su segundo bertso:



Beste amatxi asko ikusi izan ditut han-hemenka,Jainkoa, otoi, ez dadiela gaukoan eni mendeka:zure eskuak ez bitza, otoi, behin betiko esteka,semeatxiak hain maite baitu esku horien pereka.



He visto en todo el mundo a otras muchas “amatxis”,Señor, por favor, que me perdonen hoy lo que digo,que tus manos, “amatxi” mía, no se agarroten nunca,pues éste tu nieto tanto ama las caricias de esas manos arrugadas.



Cuando los oyentes todavía no se habían repuesto de la emoción, Xalbador lanzó al aire su tercer bertso:


Ene amatxik mundu guzian ba ote zuen berdinik?Dudatzen nago hardu dukeen nehoiz atseginik;orai eskuak ximurtu zaizko zainak hor dazura urdinik,eta ez dago arritzekoa horrenbeste lan eginik.



Mi “amatxi” en todo el mundo ¿acaso tendría una igual?estoy dudando de que alguna vez hubiese tomado un descanso,ahora se le han envejecido las manos,y sus venas azules las tiene ahí a la vista,no es de extrañar... ¡tanta labor han hecho!





Xalbador con esa mirada suya perdida en el horizonte está viendo a su abuela trabajando, hilando la lana, cuidando la olla en el fuego, meciendo la cuna de su nieto, desgranando las mazorcas de maíz o las cuentas del rosario. Una abuela, con unas manos arrugadas, que fue la memoria de esa comunidad familiar.









Mercado de Santo Domingo















La gente, la comida, los establecimientos, un perro solitario... cuando uno va caminando por ciertos lugares de una pequeña ciudad siempre tiene la suerte de encontrar ese calor humano que nos proporcionan los lugares de toda la vida, los rincones que nos hacen sentir un cosquilleo especial, como si estuviéramos en familia.son lugares que no tienen comparación con nada más, porque no hay nada que se les parezaca. Son esos sitios que tienen las puertas de madera, o el suelo estropeado, o las escaleras descoloridas... pero también algo que hace que se respire familiaridad, que haga que te sientas agusto, aceptado...
La verdad es que no es facil coger la cámara fotográfica y pedir a un pescadero, a un carnicero, a una frutera... que posen, que sonrian; especialmente cuando han pasado la mañana trabajando sin descanso. "Ha sido una mañana dura, con trabajo, mucho trabajo", como me dijo ese pescadero tan simpático. Pero he aquí la contradicción, mientras pronunciaba esas palabras con el cansancio dibujado en su rostro, la sonrisa de un hombre alegre y cercano se distinguía entre sus arrugas. Y esque el ser humano tiene ese extraño poder de transmitir tranquilidad y compañía sin que las apariencias lo reflejen. Podemos sentir en nuestro interior algo totalmente contrario a lo que reflejan nuestros rostros. Esto ya lo sabía yo de antemano, y además el profesor nos empujó a que habláramos con los trabajadores del lugar. Porque todos tienen historias que contar, porque todos forman parte de un mismo lugar que los une, porque siempre lo que hay detrás de un mostrador de pescados o de verduras es una persona... Como periodista supe en ese momento que la gran parte de mi trabajo consistía en entender a los demás, estuvieran en la situación que estuvieran. Así que me arriesgué. Entablé conversación con unos cuantos, traté en la medida de lo posible de hacerles sonreir... no fue demasiado dificil porque para mi sorpresa la mayoría de ellos tenían buen humor, un carácter tan agradable que me sentía en mi casa. Claro, esto debe ser parte de ese sentimiento de familiaridad que transmite el lugar.
El resultado fue incluso mejor de lo esperado: no es que todo fueran sonrisas, poses o largas charlas... pero casi sin darme cuenta entablé conversación con gente que desconocida para mí, visité rincones curiooso... y la experiencia resultó muy gratificante. Tanto que atravesé la puerta del lugar con una sonrisa en mi cara.

jueves, 18 de octubre de 2007

...Las Mil Fotos...

Mi cámara, mi caja de mariposas, mi compañera durante un día entero... comienza a amanecer, y con ello mis ganas de quedarme en la cama, mi sueño, mi pereza... pero este día guarda algo especial, algo que no pasa el resto de los días y que me hace sentir unas pequeñas ganas de levantarme y comenzar a fotografiar el día entero.
Y comienzo: mi cuarto, oscuridad, mis zapatillas... al llegar a la facultad fotografío la entrada de Comunicación, día a día durante más de dos años y aún no me había fijado en ella... justo después comenzó lo más interesante: la gente. Sé por experiencia que la facultad de comunicación es la más visitada de las facultades de la universidad, gente por todas partes y en todas direcciones. Prisas y un alboroto que decido fotografiar antes de que comience la clase.... Después los profesores, los compañeros, cafetería, vuelta a casa...
Todo ello fue muy interesante, el hecho de fijarme en cosas en las que antes no me había fijado me descubrió cosas nuevas en mi vida. Pero sin duda lo más interesante fue la llegada a casa. Me dediqué a recopilar todo lo que había hecho a lo largo del día y me dí cuenta de que recordé muchos más detalles de los que esperaba: la parada del autobús, un arbol, un anciano sentado en un banco...
He aprendido muchas cosas tras esta práctica. He aprendido a fijarme en los detalles, he aprendido a valorar lo que tengo a mi alrededor y lo más interensante, he aprendido a mirar desde un punto de vista más artístico, más fotográfico.
Gracias a esta práctica sé lo que es un día entero en mi vida. Solo puedo decir que he aprendido y que, pese a que todas las experiencias han sido buenas en este día tan fotográfico la sensación final fue contradictoria y extraña: me gustaría haber tenido todas esas fotos en mis manos al meterme de nuevo en la cama... todo lo que me quedaba: Mil fotos invisibles...

jueves, 11 de octubre de 2007

Juguetes de la infancia
























Los juguetes...
cuando era una niña solía jugar con mis hermanos a indios y vaqueros, solíamos montar la pista de escalestric para hacer carreras de cochecitos.... recuerdo que solía dormir abrazada a todos mis peluches y que tenía un osito que era especial.

Los juguetes son nuestros compañeros de la infancia que nos acompañan en todos nuestros juegos, encarnan nuestros sueños, nuestras historias... hacen que echemos a volar nuestra imagianción con figuritas de plástico y creernos que estamos en el lejano oeste, donde indios por un lado y vaqueros por el otro se disputan unas tierras que tan solo yo sé a qué manos irán a parar...

He de confesar que mientras realizaba las fotografías algo de esa infancia, un pequeño resquicio de lo que había sido en un pasado comenzó a brotar en mi interior. Con la ayuda de mi hermano pequeño, ese sentimiento se iba avivando mientras me contaba sus experiencias de la tarde anterior que había tenido junto a sus amigos y los juguetes que ahora mismo nos dedicábamos a ordenar.

Es verdad, me dí cuenta de que en el fondo no había dejado de ser una niña pues, aunque solo fuera por un instante, llegué a sentir nostalgia de aquellas tardes tan agradables dejando volar mi imaginación hacia otros mundos, otros misterios... siendo totalmente inconsciente del mundo real que me rodeaba.

He llegado a comprender con esto que la fotografía es capaz de mostrar no solo la realidad en la que nos encontramos sino también aquella que sentimos en nuestro interior, y así lo he reflejado en mis imágenes, tal y como las recordaba cuando tan solo era una niña.

martes, 2 de octubre de 2007

HISTORIA DE UN ARBOL

Arbol amarillo de la Ciudadela de Pamplona























La fotografía es un arte que a muchos atrae, a algunos envuelve y que pocos entienden realmente. Cuando el profesor nos propuso una práctica que consistía en sacar fotografías a un árbol, todo un carrete a un mismo árbol, creímos que este trabajo no nos permitiría desplegar nuestras capacidades como principiantes fotógrafos que buscan lanzarse a la captura de una de esas fotografías que tanto nos llaman la atención: niños con sus sonrisas esperanzadorasy ojos como platos, ancianos con miradas indiferentes rendidos ante el paso del tiempo, grandes paisajes silenciadores dignos de admirar... Un árbol no tiene nada de eso.

Como dijo el profesor en clase, la estructura del árbol es similar a la del cuerpo humano: tiene tronco, el cual podría compararse con el torso humano. Posee raíces, que podrían ser los pies del ser humano; y tiene una copa con sus ramas, que podrían ser los brazos y la cabeza del hombre. Al comenzar con la fotografía nos adentramos en un modo distinto de ver el mundo y de comprenderlo. Me gustaría comenzar a fotografiar personas de carne y hueso, pero para ello he aprendido con esta práctica que es necesario conocer primero los elementos que nos rodean. No se trata de disparar y fotografiar a lo primero que nos llame la atención sino que la fotografía pretende ir más allá de lo que el ojo no ve. Se trara de saber expresar lo que cada uno llevamos dentro y cómo plasmamos las sensaciones que transmite nuestro entorno. Es más, antes de lanzarnos a retratar expresiones es importante saber entender todo aquello que vive a nuestro alrededor. Por esto creo que retratar un árbol es un buen ejercicio necesario antes de enfrentarnos al complicado mundo de la persona fotografiada.
El árbol es inmóvil. Podemos apretar el botón disparador de nuestra cámara tantas veces como queramos sin que nuestro modelo se perturbe lo más mínimo. He de confesar que para mí ha sido sumamente importante que mi árbol en cuestión se dejara fotografiar de una forma tan entregada. Incluso he podido sentir que en ocasiones me llamaba y me decía que quería ciertas perspectivas complicadas para mí. En fín, al árbol le gusta la fotografía, más aún, le gusta que lo fotografíen, y para eso el mío se vistió con un traje amarillo de preciosos brillos dorados. Las hojas, cuya gran mayoría había cedido paso al otoño dejándose caer con la brisa de los atardeceres, guardaban aún entre tanto verde del paisaje, su peculiar color. He intentado plasmar en mis fotos la singularidad de este árbol, como si no dependiera de paisaje ni contexto ni compañía. Situado en un lugar aparte de los demás árboles, éste deseaba sobrevivir el paso del tiempo como si de una planta autónoma se tratara.
Pero lo cierto es que el otoño ha llegado. Y aunque hoy el cielo simula una especie de verano nostálgico, el resto de árboles se rinden al ciclo de la vida y sus colores y sus hojas van dando paso a una nueva era. He descubierto otra forma de mirar a los árboles, naturaleza viva: cada uno tiene una personalidad y una forma de expresarse, como los serer humanos. Tal vez sean estáticos, pero mi árbol me dijo que quería que lo fotografiara potente, llamativo, veraniego. Sí, hizo que me moviera a su gusto en cada fotografía.